Por: César Augusto Dávila

Cuenta un poema bohemio que suele atribuirse al grandioso
Pablo Neruda, que un navegado marino, vuelve a su puerto natal
y, acariciando nostalgias, visita cierta rumorosa cantina. Ahí lo
sorprende un añejo lobo de mar que le pregunta: ¿De dónde
vienes, marinero?/Vengo del mar mi capitán/ Vengo de los
azules horizontes/Vengo de amar, mi capitán, /Las cien mujeres
que me amaron…ya me olvidaron, capitán”-respondió el viajero.

-Algo así-con menos poemática- hubiera respondido yo, en caso
de haber cruzado el Gran Abismo, que abrió entre mí sus
misteriosas fauces, hace sólo algunas noches, cuando una
redomada bronquitis, amenazó convertirse en neumonía y yo
hube de recordar a mi navegante sobrino “Pichón”, quien me
había dicho admonitorio: “Tío…en los viejos, la neumonía es
cáncer. Se acabó la fiesta…”.

-Y eso, empecé a creer cuando un caprichoso resfrío, terqueó
degenerando a “algo más”, en tanto, se me iba cerrando el
pecho y un dramático jebe humoral, me iba apretando el cuello,
“con muy malas ideas”, – como se dice en lenguaje taurino.

Al momento de agravarse el tema, mis amorosos hijos “Agatha
Lys”, la temperamental Gloria y “Willyto, ex Juan Tenorio”,
optaron por conducirme al Hospital Rebagliatti”, del cual yo solía
decir con irresponsable humor negro: “Ahí, donde
históricamente, mueren los periodistas”.

Hoy, debo reconocer, la capacidad profesional de los señores
médicos de dicha Casa de Servicio Humano, así como la valerosa
entrega de todo el personal, que a nivel de sacrificio, se esfuerza                                                                                                                                                                                                                                                por el bienestar físico y espiritual de todos los enfermos durante
las 24 horas del día. A ellos, entrego, no sólo mi sincera gratitud,
sino un sentido Padrenuestro, pidiendo a Dios, que bendiga esa
invencible generosidad con los sufrientes.

Algo, que sólo puedo explicarme, interpretando una religiosa
vocación de servicio a los enfermos.
Pero, volviendo a mi propio empeño, jamás puedo olvidar el gran
amor de mi vida. Es decir, mi profesión de periodista. Algo que
me lleva a tomar como “misión informativa”, cualquiera de las
alternativas de mi cumbiambera biografía. Y ésta es una de las
tantas lecciones, – que con mi ejemplo- entrego a mis alumnos y
discípulos realmente comprometidos con el futuro de nuestro
oficio.

El genial Jorge Luis Borges, nos regaló en milonga, este verso
que por siempre alumbrará mi vida: “Siempre el coraje es mejor/
Nunca, la esperanza es vana”. – Y así pues, pasé a vivir la
incertidumbre de rigurosos exámenes médicos y prolongadas
horas de vigilia, en el curso de las cuales, escuchaba el soliloquio
de los agonizantes. Unos, disertaban largamente, aludiendo a
quienes les despedirían de este mundo. Reclamaban contra
injusticias del vivir y el desamor y finalmente, entre lágrimas
llamaban a una mujer. Quizás a la que realmente amaron. Luego
le murmuraban a media voz, cosas del corazón y…algunos
simplemente…se dormían nomás, esbozando una enigmática
sonrisa final.
Otros, aullaban desesperados, y yo, en fin, me desencantaba del
sueño…que solemos dormir todas las noches.                                                                                                                                                                                                                                                                            Hasta que finalmente, el cansancio me venció y me fui
desvaneciendo lentamente.

LA ESTACIÓN DE ESPERA
No podría precisar cómo ni cuándo, empecé a despertar, pero el
hecho es que invisibles manos iban poniendo pulso a mi lecho
móvil, llevándome a través de túneles diversos. Laberinto
terminal de todos los acontecimientos.-“Así debe ser la
muerte”,-precisó mi imaginación. Finalmente, me ví instalado en
una suerte de galería teatral frente a un gran escenario. Los
demás “espectadores”, parecían dormir profundamente. Y
entonces, empezó a realizarse frente a mí, todo un carrusel de
movimientos. “Actores” envueltos en túnicas-quizás mortajas-
Algunos tocados de turbante oriental, una mujer que cantaba
por “soleares” una gitanería triste y otra, que arrastraba una
plataforma cargada de elementos que prefiero no especificar.
Todo, en medio de gran iluminación y realismo. Traté de hablar
con alguno de estor misteriosos “funámbulos”, pero no me
escuchaban, o eso parecía.

En determinado momento, mi presunta cama, se anexó al
desfile, mientras sonaba a lo lejos, algo así como una “canción de
adiós”. Una vez más, intenté en vano, “hablar con
alguien”…preguntar qué estaba pasando, qué hacía yo, en este
enigmático desfile, que se prolongó largo rato. Pero nadie
parecía-otra vez-escucharme.
En suma, parecimos llegar a un punto fronterizo, o algo así. Era
un lugar borroso, nublado, en el cual “los pasajeros”, iban
descendiendo sin abandonar sus camastros, tal vez dormidos
o…lo que ustedes imaginarán.

Luego, una larga tregua. Nadie me precedía en la marcha y,
finalmente, una voz serena, pero autoritaria a la vez sonó
diciendo escuetamente: “El, no…todavía”…-Volví a quedarme
dormido y reaparecí en mi pabellón de procedencia.
Después, anunciaron mi “alta”. Un señor médico, caballeroso “a
la antigua”, me formuló algunas preguntas sobre mi vida, mi
hogar, mi esposa, para luego elogiar mi rápida reacción
orgánica, precisando que “había estado a un paso de la
neumonía”.- Le pregunté su nombre y me respondió: “Claro”-
“así me gusta la gente, Doctor, y mil gracias por salvarme la
vida”-le dije al despedirnos.

Luego llegaron mi esposa y mis hijos, para llevarme de vuelta a
casa. Cuando les referí mi viaje por “La estación de Espera”, la
palabra estuvo a cargo de, mi engreída “Agatha Lys”…- “Lo has
soñado todo…ha sido una alucinación y nada más”…me dijo.
-Yo, sencillamente, viví el cuento y…como lo recuerdo, se los
cuento. Creo que acudí a la cita…pero aún no había llegado mi
gran momento. Para otra vez será, Señora Muerte.

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